Hirviendo

10,00

Agotado

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Descripción

Rubén Darío y mi abuela Lichi, decían: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro… y a veces lloro sin querer…” Por eso exploté y mis vísceras pringaron las paredes de textos esqueléticamente rechonchos. Porque era joven. Y como los jóvenes no piensan, yo decidí ir a la moda y dejarme llevar por los impulsos más incoherentes de mis nalgas. Surgió poesía, como casi siempre. Esta vez las “íes” no llevaban corazones como puntos. El desgarro de mi sesera se espatarraba como bailarina de ballet o como puta bien parida, y dejaba ver cuán enormes eran las ganas que tenía de escupirte verdades en la boca, a través de un instinto animal que bucea por los dedos y decide transformarse en letra. Es decir, escribo porque estoy llena de remolinos y hogueras. De juventud. O porque un día me pusieron los cuernos y me harté. Yo que sé.